Aprender algo nuevo puede parecer una actividad puramente mental, sin embargo, mientras aprendemos, el cerebro también está cambiando. Las conexiones entre determinadas neuronas se modifican, algunos circuitos se vuelven más eficientes y las redes cerebrales que participan en la nueva habilidad pueden reorganizar su actividad.
Este fenómeno se conoce como neuroplasticidad, la capacidad del sistema nervioso para modificar su funcionamiento y su organización en respuesta a la experiencia. Aunque durante mucho tiempo se pensó que la capacidad de cambio del cerebro era especialmente importante durante la infancia, hoy sabemos que el cerebro adulto también conserva una capacidad considerable para adaptarse y aprender. Eso sí, la plasticidad no significa que el cerebro pueda transformarse de cualquier manera ni que cualquier entrenamiento produzca grandes cambios. La realidad es bastante más interesante.
¿Qué es la neuroplasticidad?
La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro para cambiar como consecuencia de la experiencia. Ese cambio puede producirse a diferentes escalas: desde modificaciones en la eficacia de las conexiones entre neuronas hasta cambios más complejos en la organización funcional de determinadas redes cerebrales.
Una de las formas más conocidas de plasticidad es la plasticidad sináptica. Las neuronas se comunican entre sí a través de conexiones llamadas sinapsis, y la eficacia de esas conexiones no es completamente fija. La actividad repetida puede hacer que determinadas conexiones se fortalezcan o se debiliten, dependiendo del tipo de experiencia y del contexto. Estos mecanismos son fundamentales para explicar cómo el sistema nervioso puede incorporar información nueva y modificar su comportamiento.
Esto no significa necesariamente que el cerebro esté creando nuevas neuronas cada vez que aprendemos algo. De hecho, buena parte de los cambios relacionados con el aprendizaje tienen que ver con cómo se organizan y funcionan las redes neuronales existentes. La plasticidad puede implicar cambios en la actividad neuronal, en las conexiones sinápticas, en la comunicación entre distintas regiones e incluso en determinados aspectos estructurales del tejido cerebral.
Cuando aprendemos una habilidad, no deberíamos imaginar el cerebro como una masa estática a la que simplemente se añade información. Es más apropiado pensar en él como un sistema dinámico que modifica sus conexiones y su funcionamiento para adaptarse a las demandas de la experiencia.
¿Aprender es lo mismo que almacenar información?
Cuando aprendemos algo nuevo, no estamos introduciendo un archivo en una especie de disco duro cerebral. El aprendizaje implica una combinación de procesos que permiten detectar información relevante, relacionarla con conocimientos anteriores, practicarla, corregir errores y utilizarla posteriormente.
Imagina que empiezas a aprender italiano. Al principio necesitas prestar atención a prácticamente todo. Cómo se pronuncian las palabras, qué significan, cómo se construyen las frases y qué reglas gramaticales debes aplicar. Con la práctica, algunas de esas operaciones dejan de requerir tanta atención consciente. Reconoces palabras más rápidamente, recuperas expresiones con mayor facilidad y puedes dedicar más recursos a comprender el significado general de una conversación. Lo mismo ocurre con el carné de conducir.
Esto pasa porque el aprendizaje no consiste únicamente en adquirir datos. También implica cambiar la manera en que procesamos la información. Una habilidad que al principio exige esfuerzo y control consciente puede convertirse progresivamente en una actividad más eficiente.
La investigación contemporánea sobre aprendizaje y plasticidad muestra precisamente esa interacción entre diferentes escalas temporales. Desde cambios rápidos en la actividad neuronal hasta modificaciones que aparecen después de días, semanas o meses de práctica. En regiones como la corteza prefrontal, por ejemplo, el aprendizaje a largo plazo puede modificar la manera en que las redes neuronales utilizan conocimientos previos para orientar nuestro comportamiento actual.
¿Qué ocurre en el cerebro durante las primeras etapas del aprendizaje?
Las primeras veces que hacemos algo suelen ser especialmente exigentes. Cuando una tarea es completamente nueva, todavía no disponemos de una estrategia automatizada para resolverla. Tenemos que descubrir qué información es importante, qué pasos debemos seguir y qué errores debemos evitar.
En esta fase intervienen diferentes sistemas cerebrales. La atención ayuda a seleccionar la información relevante; la memoria de trabajo permite mantener temporalmente determinados datos mientras los utilizamos; y regiones de la corteza prefrontal participan en el control de objetivos, la planificación y la supervisión de la conducta.
El hipocampo también desempeña un papel especialmente importante en determinadas formas de aprendizaje y memoria. Esta estructura ayuda a establecer relaciones entre elementos de una experiencia y resulta fundamental para aprender información nueva, especialmente cuando debemos construir representaciones de acontecimientos, lugares o relaciones que todavía no conocemos. La investigación reciente muestra, además, que el hipocampo puede participar en diferentes modos de aprendizaje, desde la adquisición rápida de determinadas asociaciones hasta aprendizajes que requieren mucha más experiencia.
Esto ayuda a explicar una sensación que todos hemos experimentado: algo que al principio parece difícil puede empezar a resultar mucho más sencillo después de practicarlo varias veces.
¿La práctica es clave?
Uno de los ejemplos más intuitivos aparece cuando aprendemos una habilidad motora. Piensa en aprender a montar en bicicleta, tocar un instrumento o utilizar un programa informático que nunca habías manejado.
Al principio, cada paso requiere atención. Tenemos que pensar qué hacer a continuación y controlar conscientemente nuestros movimientos. Con la práctica, determinados componentes de la actividad se vuelven más automáticos.
Esto no significa que desaparezca la actividad cerebral. El cerebro continúa trabajando, pero la organización de la actividad puede cambiar. Parte del aprendizaje consiste precisamente en encontrar una manera más eficiente de ejecutar la tarea.
Los estudios sobre plasticidad muestran que el aprendizaje puede estar acompañado de modificaciones tanto funcionales como estructurales. Sin embargo, estas modificaciones no son uniformes. Dependen de la tarea, de la intensidad y duración del entrenamiento, de la edad y de las características individuales de cada persona. Una revisión de investigaciones publicadas entre 2017 y 2023 encontró evidencias de cambios relacionados con experiencias como el aprendizaje, el ejercicio y el enriquecimiento ambiental, pero también destacó la complejidad de determinar exactamente qué cambios cerebrales corresponden a cada tipo de experiencia.
¿El cerebro adulto también puede cambiar?
Sí. Y esta es probablemente una de las ideas más importantes cuando hablamos de aprendizaje. El cerebro adulto no es un órgano completamente fijo. Conserva mecanismos de plasticidad que permiten aprender nuevas habilidades, adquirir conocimientos y adaptar su funcionamiento a nuevas demandas. Las investigaciones con técnicas de neuroimagen han encontrado cambios asociados al entrenamiento y al aprendizaje también en adultos.
Ahora bien, decir que existe neuroplasticidad durante toda la vida no significa que aprender sea igual de fácil a cualquier edad. El cerebro cambia a lo largo del desarrollo y la capacidad y velocidad de determinados procesos plásticos también varían con la edad.
Durante la infancia y la adolescencia existen periodos especialmente sensibles para determinados aprendizajes, pero eso no implica que después se cierre la puerta al cambio. En la edad adulta continúan existiendo mecanismos de plasticidad, aunque las condiciones en las que se produce el aprendizaje pueden ser diferentes.
¿Cuánto cambia realmente el cerebro cuando aprendemos?
La neuroplasticidad se ha convertido en una palabra muy utilizada fuera de la investigación científica y, en ocasiones, se presenta como si cualquier actividad intelectual pudiera transformar radicalmente el cerebro. La evidencia no es así.
Los estudios de neuroimagen han encontrado cambios relacionados con diferentes formas de entrenamiento, pero interpretar esos cambios no siempre es sencillo. Una modificación detectada mediante resonancia magnética no significa automáticamente que se hayan creado nuevas neuronas ni que el cerebro haya mejorado globalmente. Además, algunos estudios han encontrado resultados difíciles de replicar o de interpretar debido a las limitaciones metodológicas de las técnicas utilizadas.
Por eso, es preferible hablar de cambios específicos relacionados con determinadas experiencias que de una transformación general del cerebro.
Si entrenamos una habilidad concreta, es razonable esperar que los sistemas implicados en esa habilidad se adapten. Pero eso no significa necesariamente que el entrenamiento produzca mejoras equivalentes en cualquier otra capacidad cognitiva.
Aprender algo no mejora automáticamente todas nuestras capacidades
Supongamos que practicas durante semanas una determinada tarea de memoria. Es posible que mejores en esa tarea o en actividades muy parecidas. Pero eso no demuestra automáticamente que hayas conseguido mejorar de manera general tu inteligencia, tu memoria cotidiana o todas tus capacidades cognitivas.
En ciencia cognitiva se distingue entre transferencia cercana y transferencia lejana. La primera se refiere a mejoras en tareas similares a las que hemos entrenado. La segunda implicaría que el entrenamiento se trasladara a capacidades mucho más diferentes.
La existencia de plasticidad cerebral no elimina esta distinción. De hecho, comprender cómo se produce el aprendizaje obliga precisamente a preguntarnos qué cambia, cuánto cambia y hasta dónde se extienden esos cambios.
Esta es también una de las razones por las que resulta importante no utilizar la neuroplasticidad como argumento para prometer efectos cognitivos generales que todavía no estén respaldados por evidencia suficiente.
El aprendizaje también necesita tiempo
Otra idea interesante es que aprender no termina necesariamente cuando dejamos de practicar. Después de una sesión de aprendizaje tienen lugar procesos de consolidación que ayudan a estabilizar y reorganizar la información adquirida. El sueño, por ejemplo, desempeña un papel importante en diferentes formas de consolidación de la memoria y el aprendizaje.
En el caso de las habilidades motoras, investigaciones recientes han mostrado que determinados cambios asociados al aprendizaje pueden continuar durante periodos posteriores a la práctica, incluidos procesos que tienen lugar durante la noche. Esto ayuda a entender por qué descansar después de aprender puede formar parte del propio proceso de aprendizaje.
Por eso, aprender mejor no consiste necesariamente en acumular horas de práctica sin descanso. La combinación de práctica, recuperación y tiempo forma parte del proceso mediante el cual el cerebro estabiliza aquello que estamos aprendiendo.
¿Qué favorece la neuroplasticidad?
No existe una fórmula única para “activar” la neuroplasticidad. El cerebro responde a la experiencia y, por tanto, diferentes tipos de actividad pueden producir adaptaciones diferentes.
El aprendizaje deliberado, la práctica de habilidades, la actividad física y un entorno estimulante son algunos de los factores que se han relacionado con procesos de plasticidad cerebral. Una revisión reciente de la literatura experimental señala precisamente el papel del aprendizaje, el ejercicio y el enriquecimiento ambiental en la capacidad del cerebro para adaptarse.
La actividad física resulta especialmente interesante porque sus efectos no se limitan al cuerpo. Una revisión sistemática publicada en 2024 encontró evidencias de asociaciones entre ejercicio aeróbico, neuroplasticidad y determinados resultados cognitivos, aunque también señala la heterogeneidad de los estudios y la necesidad de interpretar sus resultados con cautela.
¿Qué significa todo esto para nuestra vida cotidiana?
Aprender un idioma obliga a trabajar con nuevos sonidos, palabras y estructuras. Aprender a tocar un instrumento combina percepción, memoria, atención y coordinación motora. Resolver problemas matemáticos exige mantener información activa, seleccionar estrategias y comprobar resultados. Aprender una ruta nueva implica construir y actualizar representaciones espaciales.
Cada una de estas experiencias es diferente y, por tanto, no produce exactamente el mismo tipo de adaptación. Pero todas tienen algo en común: obligan al cerebro a salir de los patrones que ya domina y a construir nuevas formas de responder a una situación.
Esa es, probablemente, una de las mejores maneras de entender la neuroplasticidad. No como una capacidad mágica para convertir cualquier actividad en una mejora cerebral general, sino como una propiedad fundamental de un sistema nervioso que está diseñado para adaptarse a las experiencias que encuentra.
Bibliografía
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